América, Política

El infierno venezolano sigue recalentándose

El miércoles que viene será un día especial para los venezolanos. Por dos razones.


Como lo ha reconocido sin eufemismos la propia Conferencia Episcopal Venezolana, la avenida del posible diálogo entre el gobierno y la oposición de su país está ya cerrada. Por total ausencia de buena fe en la administración de Nicolás Maduro, que ahora lucha denodadamente por sobrevivir frente a las protestas multitudinarias cotidianas que se realizan desde hace ya más de dos meses, generando una invasión -constante y ruidosa- de las autopistas, calles y plazas venezolanas.

El futuro de Maduro depende ahora sólo de la dura represión que ha quedado a cargo de las fuerzas de seguridad. Esto es, de sus esbirros de la Policía Nacional Bolivariana y de la Guardia Nacional Bolivariana, que golpean insistentemente al pueblo de su país y reciben órdenes en el terreno de los especialistas cubanos que operan para Nicolás Maduro.

La realidad es que cada protesta es directamente enfrentada a golpes. Hasta el valiente líder opositor Henrique Capriles ha sido blanco de la violencia y lesionado por ella. Es evidente que quien sale a la calle en las ciudades venezolanas hoy conoce muy bien cuál es su riesgo: el de ser objeto de una dura violencia represiva, exponiendo hasta su vida.

El miércoles que viene será un día especial para los venezolanos. Por dos razones.

Primero, porque ese día la OEA tratará una resolución sobre la situación en Venezuela, que se espera habrá de ser todo lo dura y reveladora que la realidad requiere. Venezuela comenzó su anunciado proceso de salida de la OEA el 26 de abril pasado, pero el mismo supone un tránsito lento y por ello el país caribeño sigue siendo miembro de esa organización y está sujeto a sus normas.

Segundo, porque también ese día el cuestionado gobierno de Nicolás Maduro organizará una manifestación callejera no espontánea en su apoyo (pagada ciertamente con fondos públicos) que puede derivar en incidentes o en enfrentamientos violentos en momentos en los que las fuerzas de seguridad venezolanas tienen instrucciones precisas de que “en ocho días no haya nadie en las calles”, sea cual fuere el método a utilizar para ello.

Esto es, de dar todos los palos que crean necesarios para cumplir con la peligrosa orden recibida. Como ha dicho el mencionado Capriles, esa es una instrucción que no apunta a contener, sino a perseguir y desbandar. En los últimos días, en un país que está absolutamente militarizado – por lo que califica de dictadura militar- a los consabidos palazos se han sumado los robos de todo cuanto pueden tener en su poder los manifestantes, incluyendo sus teléfonos. Una actitud de avería total, entonces. Despreciable. Para infundir y mantener el terror.

Lo de Venezuela tiende inevitablemente a agravarse. Son los venezolanos quienes deben salir de su peligroso pantano. La vía pacífica es clara: la de las elecciones libres. Y así lo está reiterando, preocupada, la Iglesia Católica Venezolana. Pero Nicolás Maduro sabe que ningún pueblo vota libremente entregar nada menos que su libertad a un tirano. Y además tiene muy claro que en las urnas sería derrotado estrepitosamente. Por eso camina en dirección a una presunta asamblea “constituyente”. Pero totalmente de espaldas al pueblo. Sólo quienes le están totalmente sumisos podrán diseñar un nuevo marco constitucional para Venezuela, el que desgraciadamente sirva de prisión para su pueblo. La situación es límite y todo puede pasar. Hasta lo más doloroso.
 
Emilio J. Cárdenas
Ex Embajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas

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