América, Economía y Sociedad

La invasión de los castores

Modificar desaprensivamente los equilibrios naturales conlleva riesgos. La historia de los castores lo prueba.


                                                                                             

El diario norteamericano Washington Post acaba de recoger una historia patagónica compleja. La de la actual invasión de castores que sufren Tierra del Fuego y el sur de la Patagonia, fenómeno que puede de pronto extenderse territorialmente aún más.
 
En el hemisferio norte, en sus zonas más frías, habita naturalmente el castor. Como es sabido, construye represas y conforma y deforma espacios acuáticos caprichosamente. Esto ocurre desde hace ya más de 7 millones de años. La madera de los sauces es su herramienta preferida. Algunos dicen que fueron los castores los que –en los hechos- enseñaron y obligaron a saltar a los salmones, para poder superar los inesperados obstáculos que los castores pusieron en sus caminos.
 
En 1946, algunos argentinos llevaron 20 castores canadienses a Tierra del Fuego. Al no advertir que allí no existen los lobos, ni los osos, predadores naturales de los castores, la llegada de estos pequeños animales derivó en una expansión sin límites. Se calcula que hoy, entre Tierra del Fuego y la Patagonia hay, en esa lindísima zona, unos 200.000 castores. Con sus diques, ellos han afectado ya el 15% de la tierra fueguina y más de la mitad de sus ríos y arroyos. Están, en algunas zonas, realmente por todos lados, cortando árboles sin cesar.
 
Ante la invasión, tanto la Argentina como Chile pusieron en marcha programas destinados a tratar de controlar su expansión, tanto en los bosques, como en las estepas. Esencialmente esos esfuerzos se basaron en la utilización de trampas de distinto tipo. Hasta ahora, esos programas parecen haber fracasado y la población de castores continúa en expansión. Como especie “no nativa”, los castores desequilibran el hábitat en el que ahora viven. Para otros animales, como el pájaro carpintero, los castores han sido una bendición, desde que dejan descubiertos los árboles en los que esas aves trabajan. Como las represas que los castores construyen generan pequeños lagos llenos de crustáceos, también los patos han aparentemente salido beneficiados.
 
A la importación de castores, siguió la importación de visones, que fueron también dispersos –en este caso por el gobierno chileno- en Tierra del Fuego. Junto con los castores, los visones también florecieron, aunque a costa de algunos pájaros y pequeños mamíferos nativos. La consecuencia es un ecosistema nuevo, que hoy incluye a todos los animales nombrados.
 
No obstante, por los daños que los castores generan, los gobiernos a ambos lados de la cordillera los están combatiendo. Ocurre que los pequeños arquitectos que trabajan constantemente son capaces de alterar muy rápidamente los ecosistemas originales.
 
La moraleja es simple: modificar desaprensivamente los equilibrios naturales conlleva riesgos. La historia de los castores lo prueba, desde que el medioambiente al que llegan, una vez que ellos se instalan, deja de ser lo que era y se transforma en algo muy distinto. Por esto, la preocupación de algunos ecologistas. Y los esfuerzos por tratar de controlar el crecimiento de la especie importada.
   
(*) Emilio J. Cárdenas: Ex Embajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas.

// OTROS TEMAS QUE TE PUEDEN INTERESAR

// EN PORTADA

// LO MÁS LEÍDO

// MÁS DEL AUTOR/A

Menú