Pensamiento y Cultura, Política

La muerte del rey Fahd, después de 20 años de reinado, marca el fin de una era

El rey Fahd, fallecido a la edad de 82 años el lunes pasado, gobernaba desde 1982 en Arabia Saudita, primer productor mundial de petróleo. Durante un reinado de más de 20 años, acortado por la enfermedad, tuvo que afrontar dos guerras del Golfo: la primera, en 1991, permitió el despliegue de tropas estadounidenses diez años antes del 11/S. Su país cobija los dos lugares más santos del Islam, la Meca y Medina, pero el lujo de la familia real contraste con la penurias del resto de la ciudadanía.

Su figura polémica comienza a ser revisitada y cuestionada desde varios sectores

El rey Fahd, fallecido a la edad de 82 años este lunes, gobernaba desde 1982 en Arabia Saudí, primer productor mundial de petróleo. Durante un reinado de más de 20 años, acortado por la enfermedad, tuvo que afrontar dos guerras del Golfo: la primera, en 1991, permitió el despliegue de tropas estadounidenses diez años antes del 11/S. Su país cobija los dos lugares más santos del Islam, la Meca y Medina, pero el lujo de la familia real contraste con la penurias del resto de la ciudadanía.

También fue el responsable de los destinos del estado que fundó el profeta Mahoma hace más de 15 siglos y de la tercera parte de las reservas petrolíferas del mundo. Al menos sobre el papel. Desde 1995, el soberano en la sombra fue su hermano y heredero, Abdala.


Desde ese año, cuando sufrió una embolia cerebral, el rey Fadh, en el trono de Arabia Saudí desde 1982, estuvo sentado en una silla de ruedas y padeció graves problemas de memoria. Su salud, ya débil, también tenía que soportar un trasplante de riñón debido a un cáncer, la vesícula extirpada, la diabetes y la artrosis.


Sexto hijo de los más de 40 que tuvo el rey Abdelasis, fundador del reino, nació en Riad en 1920. Desde la creación de Arabia Saudí tal como la conocemos hoy, en 1932, fue el quinto monarca de la familia Al Saud. Sus antecesores, además de su padre, fueron su tío Saud y sus hermanos Faisal y Jaled. Faisal murió a manos de su propio sobrino.


Su educación política


Fue el rey Faisal quien se encargó de introducirlo en la escena política en 1952, después de realizar sus estudios islámicos y de cultura occidental. Su primer cargo fue el de ministro de Educación, puesto que dejó 10 años más tarde cuando fue nombrado responsable del Interior.


En 1964, tras la destitución del rey Saud y al acceder al trono su hermano Faisal, fue designado vicepresidente segundo del Gobierno. También dirigió los Consejos Superiores de Petróleo, Universidad, de la Seguridad Nacional y del Peregrinaje a la Meca.


Se convirtió en el heredero, y en el vicepresidente primero, en 1975, después del asesinato de su hermano Faisal y la ascensión al trono de Jaled. Dada la precaria salud del rey, quién fue operado a corazón abierto en Estados Unidos, el entonces príncipe Fahd fue realmente el soberano.


El contraste entre su despilfarro y la pobreza de su pueblo


En todo caso, a ojos occidentales no pasó inadvertido que el del rey Fahd fue un final sobrio para una vida dispendiosa y con todo el lujo que el dinero puede comprar.

Siete palacios en Arabia Saudita; un castillo en la Riviera francesa; otro palacio en la ciudad española de Marbella; una residencia en Ginebra, un Boeing 747 privado y dos yates de la envergadura de un transatlántico eran algunas de las propiedades del rey Fahd, cuya fortuna personal fue calculada hace poco por la revista “Forbes” en $25 mil millones de dólares.

Y aunque el 25% de la población está en el paro y menos de un tercio de las carreteras del país están pavimentadas, la capital, Riyad, se da el lujo de tener un estadio de fútbol que cuenta con un palco de mármol y oro y tribunas alfombradas.

Pero donde más se notaba el estilo de vida del rey Fahd era, lejos, en sus vacaciones en la Costa del Sol española, donde la población local lo llamaba simplemente “rey Midas”.

En 1999 y 2002, para sus últimas estadías en Marbella, donde se encuentra su villa de 20 hectáreas “El Rocío”, había llegado acompañado por un séquito de 400 personas, provisto de unas 200 toneladas de maletas y desplazándose a bordo de un cortejo que incluía su jet privado más otros tres aviones, 200 autos Mercedes Benz y 17 limusinas.

Carmen Méndez, del diario “La Tribuna” de Marbella, cuenta a “El Mercurio” que “la ciudad se revolucionaba cuando se decía que iba a llegar. Empezaban a surgir noticias acerca de cuántas suites había alquilado en los hoteles de lujo. Compraban muchísimos celulares, arrendaban villas por millonadas”.

El Centro de Iniciativas Turísticas (CIT) de Marbella, que agrupa a empresarios y comerciantes de la ciudad, estima que en 2002, la visita del rey Fahd generó ingresos por unos 90 millones de euros . Sus acompañantes gastaron más de 6 millones de euros diarios


La política exterior y su relación con EEUU


En los años ochenta Fahd estableció un equilibrio entre el compromiso Saudita con la solidaridad árabe e islámica, centrada en la voluntad inequívoca de expulsar a los israelíes de la Ciudad Santa de Jerusalén, y la consideración de los intereses estratégicos de Occidente (el petróleo, fundamentalmente) y Estados Unidos (el petróleo y el soporte a diversos movimientos anticomunistas en el mundo, tanto insurgencias armadas como Gobiernos).


Ahora bien, la crisis iraquí-kuwaití de 1990 alteró la trayectoria de la región. En mayo de ese año la actitud insolidaria de Sauditaes y kuwaitíes, que excedieron en hasta un 30% las cuotas acordadas por la OPEP en noviembre de 1989, provocó la caída del precio del barril de crudo de los 18 a los 15 dólares, proporcionando una de las excusas a Saddam Hussein para invadir Kuwait.


Fahd, que en vísperas de la agresión iraquí intentó en balde desactivar la disputa, volcó toda su solidaridad con el emir depuesto, Jabir Al Ahmad Al Sabah, brindándole asilo a él y su familia en Ta´if y comprometiéndose de lleno con la expulsión de los iraquíes del emirato. Los amagos expansionistas del dictador iraquí contra el propio reino Saudita empujaron a Fahd a los brazos de Estados Unidos. Riad se lanzó a una frenética y exorbitante adquisición de armas de última generación mientras ponía el territorio Saudita a disposición de la coalición de países encabezada por la potencia americana.


Amigo y aliado de EEUU, tras la invasión de Kuwait por Irak en agosto de 1990, permitió que Arabia Saudí se convirtiera en el cuartel general de los 400.000 soldados que Washington desplegó en la zona. Este hecho le enemistó profundamente con el líder de Al Qaeda, el también saudí Osama Bin Laden.


Los aliados, con EEUU al frente, lanzaron su primer ataque contra Sadam Husein el 16 de enero de 1991. Arabia Saudí fue la principal base de operaciones militares aliadas, por lo que su territorio fue atacado con misiles Scud iraquíes.


La llegada de miles de soldados aliados provocó un impacto sin precedentes en la hasta entonces apacible, de hecho petrificada, sociedad Saudita, que desde la expulsión de los turcos al final de la Primera Guerra Mundial no había conocido un ejército de ocupación, y desde luego nunca uno formado por occidentales. Tuvieron que suspenderse las decapitaciones y los castigos corporales públicos para no herir la sensibilidad de los visitantes, mientras que el personal femenino de entre éstos recibió instrucciones de discreción en cuanto al atuendo y el comportamiento para no ofender a los anfitriones.

Tras la embolia y después de cuatro años sin salir de Arabia Saudí, un séquito de 800 personas acompañó al rey Fahd a su palacio en Suiza, donde pasó dos meses de vacaciones y fue sometido a una operación de cataratas. Los escasos 60 días llenaron los bolsillos de hosteleros, tenderos y cualquiera que podía ofrecer lujos. Los gastos superaron los 40 millones de euros.


Desde los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos -15 de cuyos 19 autores eran saudíes- incluso desde EEUU se han levantado voces para ver reformas políticas en Arabia Saudí y una visión del Islam menos radical de la que expanden allí donde pueden.



Escribe Carolina Glick: “En sus acuerdos con los saudíes, los americanos pensaron aparentemente que están entre la espada y la pared. Por una parte, los beneficios del petróleo saudí financian la jihad global. Por la otra, con las mayores reservas de petróleo del mundo conocido, los saudíes ejercen una enorme presión sobre la economía global. Si Estados Unidos presiona demasiado al apoyo saudí al terrorismo, ellos pueden cerrar los oleoductos e incrementar los precios del crudo de los actuales 50 dólares por barril hasta los 100 dólares por barril, arrastrando al mundo a una depresión global”.

El séquito del rey Fahd solía gastar treinta mil euros diarios en la dolce vita de Marbella pero la misma generosidad se ausentaba a la hora de paliar la mortalidad infantil de su país que en el momento de su muerte era del 23 por mil habitantes, similar a la de Colombia o Rumanía, países con la mitad del PIB por habitante que Arabia Saudí. El Indice de Desarrollo Humano, cifra manejada por las NNUU para expresar el estado de bienestar de un país, en el feudo del dictador es similar al de Brasil, Polonia o México, países con un PIB por habitante de 5.000 dólares frente a los 9.700 de Arabia Saudí.

En cuanto a los derechos humanos, la situación en Arabia Saudí es espeluznante, un último informe anual de una ONG internacional señalaba a este país como el tercero del mundo en ejecutados por pena de muerte, 56 personas durante el año 2004 y 766 en la década de los noventa. Las ejecuciones se hacen mediante decapitación, a veces en público. El sistema de justicia penal funciona a puerta cerrada, todos los medios de comunicación son censurados, el gobierno no permite el acceso de las organizaciones internacionales no gubernamentales de derechos humanos. La tortura es la norma frecuente en el sistema saudí.

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