Los líderes bolivarianos están sumamente preocupados por lo que sigue sucediendo en las calles de las ciudades de Venezuela. Y por sus naturales consecuencias, dentro y fuera del duramente castigado país caribeño.
Saben que, en gran medida, la extendida y desgastante crisis venezolana es producto directo de la cada vez más notoria incompetencia de Nicolás Maduro. Y saben además que esto perjudica, de rebote, a quienes, como Maduro, han destruido en sus respectivos países a la democracia en nuestra región.
Por esto, dentro de las fuerzas del mismo autoritarismo venezolano, los cuestionamientos a Nicolás Maduro crecen y son ya absolutamente evidentes. No podía ser de otra manera. Venezuela es un caos. Y un peligroso polvorín, provocado por la inaceptable violencia represiva gubernamental, plagada de violaciones flagrantes y sistemáticas a los derechos humanos del pueblo venezolano. Que, por lo demás, son ya inocultables y están siendo objeto de denuncias constantes por parte de los organismos de derechos humanos, las que hasta ahora los entes regionales, con un cinismo e hipocresía sin par, han preferido ignorar. Simulando que todo está bien.
Lo que piensan los venezolanos está hoy bien claro. Es transparente. Ocho de cada diez de ellos están muy preocupados y piensan que la situación de su país debe calificarse de “negativa”. Esto es precisamente lo que registra acabadamente la última encuesta de Datanálisis. No otra cosa.
Es cínico, entonces, caracterizar permanentemente a Nicolás Maduro como a un líder que “goza del apoyo mayoritario de su pueblo”. Porque hacerlo hoy es una gran mentira. No es así. Para nada. El pueblo venezolano, está meridianamente claro, no lo apoya. Apenas un 18,5% de los entrevistados dice creer que su país atraviesa por un momento “positivo”. Sólo los fanáticos contestan así. O aquellos a quienes, sumergidos en la ignorancia, se les ha lavado ya la capacidad de pensar. Un 2% de los entrevistados, que aparentemente vive “en otra galaxia” o, intimidado, tiene miedo, no fija posición ante las punzantes preguntas de la encuesta mencionada.
La mitad de aquellos que se identificaron a la encuestadora como “chavistas” creen que el país está mal. Entre los opositores y los neutros en materia política, el 90% dice estar preocupado. Y no sin razones, desde que Venezuela está a la deriva, inmersa en una ola de violencia social alimentada por la represión oficial. Particularmente a los estudiantes, que desde hace meses no cesan en sus protestas.
Respecto del propio Maduro, el 59,2% de los encuestados dice reprobar su gestión. Un 31,8% lo erige en el principal responsable de todo lo que sucede. Pocos, en cambio, sugieren que la responsable de lo que sucede es la oposición. Apenas un 5%.
Los venezolanos tampoco se tragan el cuento de Maduro de que los Estados Unidos son los causantes de la crisis venezolana. Sólo un 1,3% de los encuestados compra ese “cuento” de Maduro, escrito y declamado con letra cubana, como siempre. Nada más. Esto de echar -liviana e irresponsablemente- la culpa a los demás tiene sus límites, queda visto.
Siete de cada diez venezolanos entrevistados cree que la situación de Venezuela es “inestable”. Entre los mismos oficialistas, el 20% dice lo mismo, lo que es una muy mala señal para el futuro político del inepto sucesor de Hugo Chávez.
Por todo esto no sorprende que un 60% de los venezolanos crea que Nicolás Maduro debe dar un paso al costado. Ni que un 40% de ellos crea, asimismo, que debiera hacerlo sin demora. Esto es renunciar e irse, ya mismo. Pero el verbo “renunciar” no está, ni estará nunca, en el peculiar y poco democrático diccionario de la izquierda dura. Jamás.
Sólo un 30% de los recientemente encuestados admitió ser “chavista”. Lo que muestra una decadencia enorme del movimiento, ante los ojos de la gente. No es ya motivo de orgullo pertenecer a él. Porque sus frutos están a la vista: un país fundido, caótico, donde todo es escasez y el crecimiento ha desaparecido. Sin futuro, en consecuencia.
La referida decadencia del “chavismo” es evidente, cuando más de dos tercios de los entrevistados que se pronuncian como siendo “ni-ni”, o sea como apolíticos, señala preferir a la oposición, antes que tener que seguir en manos de un incapaz Maduro.
Esta es la realidad. Hoy. Disimularla es ya imposible. Mentir, para disfrazarla, es un juego marxista muy conocido. Gastado. Que, por lo demás, no ayuda a resolver la situación crítica del lastimado pueblo venezolano, con el que la región lamentablemente no muestra solidaridad alguna. Porque sus instituciones centrales están dominadas todavía por los movimientos de izquierda.
Toda una paradoja, quizás. Pero las cosas son efectivamente así. Como acabamos de describirlas y no de otra manera. Disimular la verdad no es hacer lo correcto, ni es tampoco ayudar a resolver nada. Es contribuir a hundir, aún más, a los venezolanos.
Emilio J. Cárdenas
Ex Embajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas.