Política

La persecución a los fieles

La violencia jihadista islámica captura la atención mundial cuando se centra en los infieles — en las Torres Gemelas, así como en Londres, Madrid, Bali, y en muchos otros lugares. Los jihadistas islámicos seguirán imponiendo, con cada vez más confianza y brutalidad – violentamente – su visión del islam a sus correligionarios.

Robert Spencer
Pero los jihadistas no dudan en poner sus miras también en correligionarios musulmanes siempre que los califiquen de insuficientemente islámicos. El ejemplo más célebre de esto a través de la historia islámica es la lucha sunita-chiita que ha estallado en muchas épocas y lugares – y hoy en Irak, Afganistán y Pakistán. Asesinos suicida sunitas y escuadrones chiítas de la muerte se vienen atacando entre sí desde la caída de Saddam Hussein en Irak.

Tampoco han dudado en atentar contra enclaves sagrados: jihadistas sunitas destruían la mezquita chiíta de Al -Askari, del siglo X, en Samarra, Irak, en sendos atentados en 2006 y 2007. Algunos estiman que 4000 han sido asesinados en luchas sunitas-chiítas en Pakistán desde finales de los años 80, y en Afganistán, mientras los Talibanes estuvieron en el poder, emprendieron guerras jihadistas incesantes contra los hazaras chiítas.

El Corán prohíbe que un musulmán mate intencionadamente a un correligionario (4:92), pero ambas partes justifican estos conflictos apelando a la práctica islámica del takfir: la afirmación de que, a causa de alguna desviación doctrinal, algún colectivo de musulmanes realmente no son musulmanes en absoluto, y su sangre se puede derramar de manera legal. Uno de los principales rasgos de los movimientos salafistas modernos — esto es, los movimientos que pretenden restaurar la pureza del islam — es el uso frecuente por su parte del takfir y posterior ataque a aquellos a los que todo el mundo aparte de ellos mismos califican de sus correligionarios musulmanes. Este fenómeno se está manifestando hoy por todo el mundo, mientras los wahabíes y los demás predicadores salafistas introducen una interpretación islámica radical en zonas en las que ha prevalecido desde hace tiempo un islam cultural más relajado. El resultado es con frecuencia explosivo.

En la práctica, la socióloga argelina Marieme Helie Lucas explica que el controvertido término “Islamofascismo” fue “acuñado inicialmente por el pueblo argelino que luchaba por la democracia, contra las fuerzas fundamentalistas armadas que diezmaban a los habitantes de nuestro país, operando más tarde en Europa, donde un buen número de nosotros se había refugiado”. Estos argelinos pro-democracia eran, por supuesto, musulmanes — musulmanes que fueron masacrados por jihadistas en los años 90 a cuenta de no ser lo bastante islámicos. Más de 150.000 perdieron la vida.

En noviembre de 2003, un periodista somalí llamado Bashir Goth se quejaba en el Addis Tribune de un grupo de clérigos islámicos, la “Autoridad para la Promoción de la Virtud y la Prevención del Vicio” que “intenta imponer códigos morales draconianos a los ciudadanos somalíes”. Goth era musulmán, pero tenía objeciones al islam wahabí que los predicadores saudíes estaban introduciendo en Somalia.

El wahabismo, decía Goth, es “una escuela de pensamiento austera y cerrada”, que se desvía de las escuelas de jurisprudencia islámica establecidas. El “wahabismo”, según Goth, “es la única escuela que obliga a sus seguidores a observar estrictamente rituales islámicos tales como las cinco oraciones, bajo pena de azotes, y a la implementación de códigos de moralidad pública hasta un grado que carece de precedentes en la historia del islam”. Lo caracterizaba como “una secta de mentalidad cerrada que convirtió el islam en un credo frágil que vive constantemente atemorizado por juguetes y juegos infantiles tales como las muñecas Barbie o Pokemon”. Los clérigos wahabíes, observaba Goth, estaban desafiando a los musulmanes somalíes: “Nos quieren contar que a lo largo de los últimos 14 SIGLOS, nuestro pueblo ha venido practicando la religión equivocada; que desde el amanecer del islam, el pueblo somalí ha vivido en pecado, rezado en pecado y muerto en pecado. Que Alá les ayude, quieren que todos ardamos en el infierno por no seguir el camino correcto — el wahabismo”.

Su dedicación a este “camino correcto” les condujo a despreciar numerosas manifestaciones de la cultura somalí a pesar de su carácter islámico.

“Esta gente”, continuaba Goth, “ha venido a erradicar nuestra cultura, nuestras tradiciones, nuestras canciones, nuestra poesía y nuestros bailes folklóricos… Si les dejamos salirse con la suya, estos profetas de la pureza pronto estarán en una misión para destruir lo que ha quedado de nuestra cultura”. Enumeraba varias cantantes somalíes, advirtiendo de que “las cassettes de sus canciones serán quemadas en las calles. Basta con recordar a los Talibanes”. Seguía para explicar que los jihadistas también quieren eliminar las escuelas mixtas y obligar a las niñas somalíes a salir a la calle solamente “tapadas por completo de negro de la cabeza a los pies”.

La Unión de Tribunales Islámicos, de influencia wahabí, que ostentó el poder en Mogadiscio durante siete meses en el 2006, confirmó los miedos de Bashir Goth. Criticaban las prácticas indígenas somalíes por no ser lo bastante islámicas. Un mando de milicia, Mohamed Ali Aden, explicaba: “Hemos descuidado los versos de Alá durante mucho tiempo. Queremos que nuestras mujeres lleven velo y las queremos en casa. Nosotros los hombres tenemos que dejar crecer nuestra barba”.

Los Tribunales prohibieron la música (que está prohibida según la ley islámica), bailar y el fútbol en cuestión de días de asumir el poder. Las mujeres comenzaron a ponerse ropa saudí, que cubría sus caras, en lugar de la vestimenta tradicional somalí, que no la cubre.

Los milicianos de los Tribunales estaban dispuestos a implementar la ley islámica con puño de hierro: tras prohibir todas las películas y ver la televisión, los jihadistas abatieron a dos personas que estaban siguiendo el mundial de fútbol a principios de julio. Los registros en Mogadiscio condujeron a 60 arrestos por el crimen de ver películas. Los milicianos también registraron una boda en Mogadiscio porque hombres y mujeres asistían a los fastos juntos y estaba sonando música. “Tuvimos que advertir a la familia”, explicaba el jeque Lise Salad, “de no incluir en la ceremonia lo que no está permitido por la ley islámica. Esto incluye la mezcla de hombres y mujeres y tocar música. Eso es por lo que registramos y nos llevamos el equipo. Lo que estaba sucediendo allí es anti islámico”.
 
En septiembre de 2006, la Unión clausuraba Radio Jowhar, una emisora de una ciudad a unas 50 millas de Mogadiscio, porque estaba poniendo canciones de amor. El jeque Mohamed Mohamoud Abdirahman explicaba que la programación era “anti islámica”.

A la emisora se le permitía más tarde volver a las ondas, sin música. Los Tribunales Islámicos llegaron a decretar que los musulmanes que no entonasen las 5 oraciones diarias fueran ejecutados. Los salafistas también ponen sus miras en los musulmanes que califican de insuficientemente islámicos en Darfur, donde árabes musulmanes atacan a musulmanes no árabes cuyo islam se acerca más a la versión cultural que imperaba en Somalia que a la austeridad wahabí. El Dr. Hassán Al-`Audha, de la Hermandad Musulmana sudanesa, explicaba en julio de 2007 que “no somos entusiastas de esta tierra por los ríos que fluyen por ella. Somos entusiastas de ella porque es la tierra del islam”.

Otro líder sudanés sitúa las actividades de las brutales milicias janjawid dentro de la lucha general de los musulmanes contra los infieles: “¿Esa escoria quiere jugar con nosotros? ¿Quieren venir a por los hijos de Darfur? Los hijos de Darfur se los comerán vivos. Por Alá, hay unas cuantas tribus feroces allí. Los llaman los janjawid, y quieren atacarlos. Hay una tribu llamada ´Al -Masiriya. ¿Son hombres o no? Por Alá, cuando montan a caballo y hacen esos gritos de batalla…

Por Alá, los infieles se mueren de miedo. Se mueren de miedo”. En el 2004, el Presidente sudanés Omar al-Beshir lanzaba la acusación de que los esfuerzos internacionales por ayudar a Darfur estaban poniendo en realidad sus miras en el islam. Aludiendo a la jihad sudanesa de los años 90 contra los cristianos de la zona sur del país, decía: “Las puertas de la jihad aún están abiertas y si se han cerrado en el sur se abrirán en Darfur”. Esa jihad de Darfur ofrece a musulmanes atacando a musulmanes.

Tales episodios, ya se den en Somalia, Darfur o en cualquier parte, enfatizan la necesidad de que los musulmanes pacíficos planten cara con firmeza, de obra tanto como de palabra, a la violencia jihadistas global. La espada del takfir tiene doble filo, con los musulmanes pacíficos dispuestos a distinguirse de sus correligionarios de mentalidad sangrienta y a repudiar sus crímenes no sólo contra correligionarios musulmanes sino también contra no musulmanes.

Mientras tanto, los jihadistas islámicos y los supremacistas de la ley islámica seguirán imponiendo, con cada vez más confianza y brutalidad – violentamente – su visión del islam a sus correligionarios.

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