América, Política

La política y el divisionismo

Cuando tras una década en que la prédica política alimentó las descalificaciones y los enfrentamientos estériles, la sociedad argentina advierte que ha quedado postergada en un mundo del que se ha alejado.

Más allá de sus ideologías, los líderes políticos tienen siempre una opción: pueden elegir ser “unificadores” o “divisores”. Esto es, priorizar -con la debida cortesía cívica- el objetivo de unificar a las sociedades en las que viven o, en cambio, lastimarlas sin escrúpulos, con una siembra constante de cizaña, enfrentamientos y acusaciones, actitud propia de los populistas.
 
En los últimos diez años, el gobierno ha elegido dividir y oponer. Erizar entonces a su pueblo. Lastimarlo. No es ese, por cierto, el único caso de ese tipo en el mundo. Sin ir más lejos, ése es también el estilo de Nicolás Maduro, que casi no puede referirse a quienes no piensan como él sin insultarlos, vilipendiarlos o denostarlos. Como si la vida de relación fuera sólo una guerra constante. Este es también el estilo de Fidel Castro o Kim Jong-un.
 
Acaso también -salvando las distancias- el del recientemente electo alcalde de Nueva York, Bill de Blasio -el ferviente admirador de Daniel Ortega- quien acaba de ser criticado en uno de los medios más importantes del país precisamente por practicar el llamado “divisionismo”. Por su forma de golpear a quienes, de pronto, asigna alguna responsabilidad o culpa en los problemas que debe enfrentar.
 
El “divisionismo” es una actitud. Pero también es un tono. Y hasta un modo de ser: el propio del prepotente y a la vez resentido. Antes de construir, necesita destruir y demonizar. Cuando no asustar. O intimidar.
 
Hablamos de todo lo contrario al llamado del Papa Francisco en su reciente exhortación apostólica: Evangeli Gaudium, del 24 de noviembre pasado. Cuando nos advierte que las sociedades no deben actuar “como masas arrastradas por las fuerzas dominantes”.
 
Más aún, cuando nos insta a comprender la enorme importancia de la unidad, que es obviamente todo lo contrario al “divisionismo”. Y cuando nos recuerda que los conflictos deben ser asumidos para ser resueltos; sin lavarse las manos frente a ellos, actitud generalizada en nuestra devaluada clase política.
 
Porque, nos dice Francisco, es perfectamente posible alcanzar “la comunión en las diferencias”. Es lo normal. Es asumir la realidad. Porque ocurre que no hay dos personas que sean absolutamente idénticas. Por esto la unidad, como objetivo y prioridad social, es siempre ser superior al conflicto.
 
En otras palabras, es necesario buscar la unidad para encontrarla. Una unidad a la que Francisco califica pragmáticamente como “pluriforme”. Porque existe en la diversidad, situación social que es la normal. La de la “diversidad reconciliada”, nos dice.
 
Para ello la palabra debiera ser mucho más un vehículo de encuentro, que un instrumento de fractura o división. La prioridad no debe ser la de separar, sino la de unir. Impulsando la conducta con una mística indispensable: la del respeto y la tolerancia, virtudes que permiten sostenerla en el tiempo.
 
Para gobernar no es necesario, ni normal, rodearse de un aroma de agresión. Ni adoptar actitudes beligerantes. Se requiere, en cambio, espíritu constructivo. Sólo así se es capaz de escuchar, por oposición a tratar de imponer visiones, relatos o criterios.
 
Cuando tras una década en que la prédica política alimentó las descalificaciones y los enfrentamientos estériles, la sociedad argentina advierte que ha quedado postergada en un mundo del que se ha alejado. Sabe que es hora de cambiar. De hacer y no de destruir.
 
 
Emilio J. Cárdenas
Ex Embajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas.
  

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