En una reciente entrevista conferida a Gideon Rachman, del Financial Times, el ex presidente del Brasil, Fernando Henrique Cardoso, que gobernara ese país entre 1995 y 2002, admitió que su país atraviesa “una crisis moral y económica”.
Es así. En ese orden. En los últimos dos años Brasil se achicó, perdiendo casi el 8% de su PBI. A la que se agregó la destitución de la ex presidente Dilma Rousseff, por mal desempeño de su mandato. Brasil está sumergido en un pantano de corrupción de dimensiones inéditas, con su actual presidente Michel Temer investigado personalmente por sospechas de corrupción. Casi la mitad de los legisladores brasileños están hoy bajo investigación judicial, por la misma razón.
El país que alguna vez reclamó para sí, con legítimo orgullo, el liderazgo de la región hoy no merece serlo. Ocurre que tras la bonanza piloteada por el mencionado ex presidente Cardoso, el ex sindicalista Luiz Inacio Da Silva se consagró presidente. A partir de entonces el estigma de la corrupción se extendió a lo largo y a lo ancho de Brasil. Como consecuencia, este año el ex presidente “Lula” sufrió una primera condena por corrupción, que está bajo apelación. Si ello se confirma no podrá seguir aspirando a ser reelecto como presidente de su país, pese a que para muchos brasileños las acusaciones de corrupción no parecen ser un impedimento para ese objetivo. Brasil está inundado de cinismo y profundamente polarizado. Además, han aparecido propuestas populistas de cara a la elección presidencial de 2018, como la del nacionalista Jair Bolsonaro, un ex oficial militar que cultiva un estilo similar al de Donald Trump. Sus propuestas son extremistas y alejarían a Brasil del sendero liberal transitado en los últimos años.
La crisis económica del 2008 golpeó duramente al neoliberalismo brasileño que, sin embargo, no está fuera de carrera.
El actual presidente Temer es el mandatario menos popular de la historia democrática de Brasil. Está tratando de estabilizar la economía y sus esfuerzos se reflejaron en un alza del mercado bursátil. Pero Brasil pena no sólo por la corrupción, también por el exceso de estatismo y dirigismo, que alimentó el fenómeno de la corrupción. Para Temer la salida debe transitar por el andarivel de las privatizaciones, a través de la cuales Brasil podría recuperar la competitividad y productividad extraviadas. El ejemplo de Embraer es sugestivo. Privatizada que fuera es hoy la tercera fabricante de aviones comerciales más importante del mundo.
La pregunta es si hay tiempo para las privatizaciones que propone Temer. Su mandato termina en octubre de 2018. Hay, entonces, apenas un año. Además Temer tiene un problema de legitimidad. La falta de tiempo y la inestabilidad política conspiran contra el programa privatizador que, sin embargo, Brasil necesita. Una enorme variedad de activos importantes puede concitar la atención de los inversores. Hablamos de empresas eléctricas, generadoras y distribuidoras, carreteras, puertos y aeropuertos.
Mientras tanto Temer ha congelado el gasto público por 20 años en procura de poder controlar a la deuda pública del país. Pero la recesión, como suele suceder, ha disminuido los ingresos fiscales. Ocurre que a una caída del nivel de actividad corresponde una caída del flujo de impuestos. Brasil tiene, por lo demás, un déficit fiscal monumental, del 9% de su PBI. Sin las privatizaciones difícilmente podrá afrontarlo.
Para complicar aún más las cosas Temer carece de apoyo político. La gente no lo apoya. Apenas un 5% de brasileños dice creer en él. Y muchos creen que la ola de privatizaciones no podrá impedir la corrupción y, por ello, son escépticos. Este clima alimenta al populismo, que se ha transformado en el nuevo peligro brasileño.
No obstante, Michel Temer buscará inversores en China, país que visitará pronto. Está decidido a no quedarse inmóvil porque advierte la difícil realidad de su país. Un fracaso de Temer sería grave para Brasil y para la región toda. Por esto la partitura de orden y obtención de nuevos recursos diseñada por Michel Temer merece todo el apoyo que pueda estar disponible.
Emilio J. Cárdenas
Ex Embajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas.
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