América, Política

Las FARC piden perdón y se comprometen a la “no repetición”

El complejo proceso de paz colombiano sigue, felizmente, su curso hacia adelante, en procura de dejar atrás el medio siglo de violencia que se abatió sobre miles de víctimas civiles inocentes.


Se avanza lentamente. Paso a paso. Sin detenerse. Sus etapas decisivas merecen y obtienen, con razón, una extensa cobertura en los medios. Particularmente cuando pareciera que la paz está cercana. Pero hay, en el camino que se transita, eventos cuyo contenido debiera provocar reflexión. Dentro y fuera de Colombia. Parecen simples, pero tienen un enorme significado.

Me refiero –por ejemplo- a lo sucedido en un pequeño pueblo colombiano: Bojayá, cercano al casco urbano de la localidad de Bellavista, al que sólo se llega por agua o aire. En el noroeste de Colombia, en el departamento de Chocó. Donde el 2 de mayo de 2002 ocurriera una de las peores masacres de las que las FARC fueran responsables.

Allí murieron, asesinadas con explosivos, 79 personas que –esperanzadas- se habían refugiado en una iglesia. Otras cien quedaron heridas, algunas de ellas lisiadas para siempre. La iglesia de San Pablo Apóstol –el escenario de la masacre- ha estado cerrada desde entonces.

Fue un claro crimen de guerra, esto es un delito de lesa humanidad cometido en el conflicto armado interno que sacudiera a Colombia. Uno más, de los muchos cometidos.

Desde Cuba, sede de las negociaciones en curso en las que las víctimas pudieron participar, las FARC habían ya pedido expresamente perdón por lo sucedido en Bojayá. Frente a los delegados de las víctimas. A la distancia, entonces. Uno de los líderes de las FARC, alias Pablo Catatumbo, apuntó en ese momento que el hecho “había dolido en las almas de muchos de sus correligionarios”.

Pero eso no bastó. Ocurre que pedir perdón es más que un discurso. O que una frase. Es una actitud. Es un derivado del arrepentimiento. Exige sinceridad. Por ello, el perdón, a pedido de las propias víctimas inocentes, se volvió a pedir por segunda vez, en la misma Bojayá. En un acto simple, sin la presencia de los medios, pero estremecedor a su manera. En el lugar del crimen.

Fue el 5 de diciembre de 2015. Los representantes de las FARC, que llegaron en lancha en compañía de la Cruz Roja Internacional y, de cara a los concurrentes y con la humildad que la circunstancia exigía, reiteraron su pedido de perdón. Personalmente. Frente a algunas de las víctimas, algunas de las cuales estaban entre los trescientos sencillos pobladores que se acercaron a la ceremonia. El perdón lo pidió Pastor Alape, en representación de las FARC. Se honró así, tardíamente, a las víctimas del crimen cometido. En el lugar mismo del atentado. Y se comprometió el resarcimiento. Esto supone dejar el odio atrás, reconociendo la dura dimensión del pasado al que todos se referían. Y sus consecuencias.

Las heridas de algunas de las víctimas y de sus familiares seguramente no se cerraron con el perdón. Porque ellas no necesariamente sanan de ese modo. Están allí y quizás lo estarán para siempre. Pero sus responsables han asumido la  verdad ante la historia.

Es ahora tiempo de perdón y reparación. De identificar a los caídos debidamente. De construirles el panteón que les corresponde. También de rehabilitar a los lesionados o lisiados, de la mejor manera posible, ocupándose de ellos individualmente.

La Bellavista del 2002 quedó despoblada después de la tragedia. Sus seis mil habitantes se transformaron en desplazados. Escaparon -por un tiempo- a la violencia que les había caído encima. Hoy hay una “nueva” Bellavista, emplazada cerca del cementerio que aún contiene los restos de algunas de las víctimas civiles inocentes del atentado terrorista.

Trece años después de ocurrida la tragedia acaba de acontecer lo antes referido. De alguna manera, es su contracara. El pedido de perdón se hizo realidad en medio de los esfuerzos realizados por los colombianos en pro de alcanzar la paz duradera que hasta ahora ha sido esquiva.

No obstante, el tiempo no necesariamente borra el dolor. Tampoco –de ninguna manera- las responsabilidades. La contrición demostrada por quienes consumaron la masacre seguramente contribuirá a la paz que se procura.

Desde otros puntos de Colombia donde ocurrieran episodios parecidos llegan ahora pedidos de otras ceremonias similares de pedido de perdón, como la de Bojayá. Para que contribuyan a dar vuelta las páginas de una tragedia. Que no sólo reconforten, sino que comprometan la reparación que cabe a las víctimas civiles inocentes. Y contribuyan a no caer más en la violencia.

Quizás eso ocurra con lo sucedido en La Chinita, cuando las FARC transformaron una fiesta local en otra masacre, con 35 muertos y 17 heridos. O con lo acontecido en la propia Bogotá, cuando el atentado contra el Club El Nogal.

A estar al “perdón de Bojayá”, las FARC parecen haber comprendido la importancia de pedir expresamente perdón a las víctimas inocentes por los delitos concretos cometidos contra ellas, en lo que ha sido un ciclo de violencia que parece estar cerca de cerrarse.

 

Emilio J. Cárdenas
Ex Embajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas

// OTROS TEMAS QUE TE PUEDEN INTERESAR

// EN PORTADA

// LO MÁS LEÍDO

// MÁS DEL AUTOR/A

Menú