Política

Ramsey Clark expone la agenda de la izquierda

Robert Spencer

La gran mentira ha sido expuesta de nuevo: mientras la izquierda se precia de ser la defensora de los oprimidos, la defensora del débil, y la abogada de la libertad, uno de sus exponentes contemporáneos más venerables, Ramsey Clark, se ha convertido en el apólogo más destacado de un dictador salpicado de sangre. ¿Ha traicionado Clark a la izquierda? En ningún sentido.


 


Acaba de desvelar una vez más que detrás de la retórica de paz y amor se esconde una preferencia débilmente encubierta por la bota en la cara y los grilletes en la mente – herramientas tan predilectas por los regímenes más apreciados de la izquierda internacional, desde la Rusia de Stalin hasta la China de Mao, pasando por el Irak de Saddam.


 


Clark afirma estar haciendo lo que hace cualquier buen abogado: aceptar hasta el caso más nocivo, no por amor a su defendido, sino porque todo hombre merece un juicio justo. Ha declarado: “La idea de no representar a Saddam porque es horrible, si lo es, es contraria a la idea del derecho a tener asesoramiento”.


 


¿Pero cree realmente Clark que Saddam es horrible? Clark declaró en el 2004 que “Saddam Hussein fue demonizado… Debe observarse que en todos los estados criminales, las víctimas de tantas intervenciones norteamericanas y los cautivos mutilados o humillados por Estados Unidos como ha sido Saddam Hussein, son miembros de la gran mayoría de la población mundial que tiene una hermosa piel más oscura”.


 


¿Ama Clark a Saddam únicamente por su “hermosa piel oscura”? No, hay mucho más en ello que eso: Ramsey Clark ha visto al enemigo y somos nosotros. La única constante que discurre a lo largo de su carrera desde la Administración Johnson no es la pretenciosa pero vacía búsqueda de justicia de la izquierda. La defensa de Saddam por parte de Clark encaja perfectamente con su defensa de  Mohammed al-Owhali, que voló la embajada americana en Nairobi en 1998, matando a 213 personas; o su participación en la conferencia “Crímenes de América” en Irán en 1980; o su trabajo para homólogos de criminales de guerra Nazis y Slobodan Milosevic.


 


Que demasiados izquierdistas apoyen a cualquiera que se oponga a Estados Unidos se ha convertido en demasiado habitual, y que suscriban la agenda totalitaria en busca de la utopía terrenal que añoran en trivialidad (y la intolerancia totalitaria ante la disidencia que se manifiesta hoy en muchos sentidos en la corriente principal de las esferas mediática y académica de América, controladas por la izquierda).


 


Pero la jihad islámica no pretende establecer una sociedad equitativa y justa en la que el estado prevalezca, sino una en la que la vida es dura, los castigos son draconianos, y la misericordia brilla por su ausencia — pero por supuesto, éste es exactamente el tipo de sociedad que construyeron Stalin y Mao y Pol Pot, para los paroxismos de éxtasis de los izquierdistas.


 


Clark es tan ridículo como Lynne Stewart, abogada del jeque egipcio ciego Omar Abdel Rahmán, cerebro del atentado del World Trade Center de 1993. Condenada por pasar de contrabando mensajes del jeque Omar a sus discípulos, explicó sus acciones diciendo: “Librarnos del tipo de capitalismo voraz e implacable que hay en este país que perpetúa el sexismo y el racismo, no creo que pueda hacerse pacíficamente”. La idea del jeque Omar Abdel Rahmán como defensor de la lucha contra el sexismo y el racismo está más allá del absurdo, pero también lo estuvo el autorretrato de Stalin en los años 30 como figura apreciada que lleva a su pueblo hacia una sociedad justa — pero aún así, el periodista del New York Times Walter Duranty, que frustró noticias de la hambruna ucraniana inducida por Stalin, entre otros, estaban demasiado contentos como para ocuparse de minucias del mito.


 


Saddam, por supuesto, no es ningún jeque Omar. Con sus amantes, discos de Sinatra, y mueblebar, la bonanza islámica de Saddam siempre fue sospechosa para el más devoto de sus ciudadanos, intenta utilizar como puede el lenguaje de la jihad para inflamar el apoyo a su régimen en sus días oscuros, así como en sus días pasados. No obstante, no hay duda de que es un antiamericano auténtico — y un dictador que no vaciló en desenfundar la espada contra sus enemigos.


 


Eso es probablemente todo lo que necesitó saber Ramsey Clark antes de coger el siguiente vuelo a Bagdad.


 


ROBERT SPENCER es director de Jihad Watch y autor de 5 libros, 7 monografías y numerosos artículos acerca del terrorismo islamista. Licenciado con honores en Estudios Religiosos por la Universidad de Carolina en Chapel Hill), lleva desde 1980 estudiando teología, derecho e historia islámicos en profundidad. Es adjunto de la Free Congreso Foundation, y sus artículos acerca del Islam aparecen en el New York Post, Washington Times, Dallas Morning News, el National Post de Canadá, FrontPage Magazine, WorldNet Daily, Insight in the News, Human Events o National Review Online entre otros. Entre sus textos se encuentran algunos de los libros más conocidos acerca del terrorismo islámico, como “El mito de la tolerancia islámica” (Prometheus Books, 2005. ISBN 1591022495), “La guía políticamente incorrecta del islam” (Regnery Publishing, 2005. ISBN 0895260131), o “El islam al descubierto: cuestiones preocupantes acerca de la religión de mayor crecimiento del mundo” (Encounter Books, 2002. ISBN 1893554589).


 

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