La región toda tiene hoy sus ojos clavados en dos cruciales procesos electorales. La segunda vuelta de las elecciones presidenciales argentinas, que tendrá lugar el próximo 22 de noviembre y las elecciones intermedias venezolanas del 6 de diciembre venidero. En ambos casos está en juego la posible derrota de dos regímenes autoritarios -y perversos- que han deformado cínicamente las estructuras democráticas de sus respectivos países.
Como en su momento ocurriera con el infame Muro de Berlín, la izquierda radical latinoamericana, cualquiera sea de pronto su circunstancial disfraz, está agrietada, próxima a caer.
En Venezuela la destrucción de las instituciones democráticas se ha realizado sin pudor alguno. En la Argentina, con toda suerte de biombos, que -no obstante- ya no ocultan la realidad. Ni engañan a nadie.
Los dos regímenes tienen -como cabía esperar- un denominador común: el de haber destrozado las economías de dos de los países más ricos de la región. Y cuando digo destrozado, eso es lo que efectivamente ha sucedido. Ni más, ni menos. Para ambos países, el corto plazo es un desastre económico-social. De escasez de todo, falta de divisas, déficits fiscales, inflación galopante, corrupción extendida, y sectores comerciales externos negativos.
La Argentina aparentemente sigue su marcha hacia el desplazamiento del peronismo. Las encuestas que auscultan la segunda vuelta asignan entre 5 y 10 puntos de ventaja al candidato opositor, Mauricio Macri. Aunque lo cierto es que aún nada está definitivamente dicho, el horizonte luce entonces bastante blanco y celeste. Y ayuda a soñar con la recuperación de las libertades esenciales extraviadas, el destierro del miedo, el rechazo del autoritarismo y la sepultura del grotesco y mendaz discurso único oficial.
Veamos entonces que es lo que ocurre en Venezuela. Cuando estamos a menos de dos meses de las elecciones intermedias. Como en la Argentina, las calles piden -al unísono- cambio. Ya. Más allá de toda duda. Hartas. Agotadas. Desilusionadas. Las encuestas confirman ese deseo compartido, que luce imparable.
La opinión favorable sobre el gobierno de Nicolás Maduro (una suerte de campeón mundial de la ineficacia) es de apenas el 20%. Esto es, visto de otro modo, un duro rechazo a Maduro de nada menos que cuatro de cada cinco venezolanos. Esta percepción adversa se ha mantenido firme desde hace ya 20 meses, sin cambios.
Por eso no es demasiado sorprendente que las encuestas que tratan de anticipar como votarán los venezolanos el 6 de diciembre sugieran que hay entre 20 y 30 puntos de ventaja a favor de la oposición. Hablamos de sondeos realizados por Consultores 21 de Septiembre de 2015, Datanálisis, e Interlaces. Todos caminan en idéntica dirección.
Con estos resultados tan claros, el fraude útil es casi inviable. No se puede, con maniobras, deformar esta incuestionable realidad y de pronto transformarla en un triunfo oficialista sin aparecer -descarada e inevitablemente- como actores fraudulentos.
Hasta en los bolsones de pobreza del país caribeño el gobierno pierde por escándalo. Como sucede en Táchira, Carabobo y Barinas, la propia cuna de Hugo Chávez. Donde hasta no hace mucho se lo veneraba fantasiosamente, como consecuencia obvia de la manipulación de la opinión pública. En Táchira, donde el “estado de excepción” decretado por Nicolás Maduro intimida día y noche, las cifras son iguales. La oposición debería ganar ampliamente también allí, siempre por más de 20 puntos. La gente ya no cree en las falsas promesas, ni sucumbe ante los típicos chantajes e intimidaciones bolivarianas. Aparece y se confirma una tendencia que puede ser irreversible, felizmente. Y el miedo se está disipando lentamente, como suele suceder con las neblinas.
Ante todo esto, quienes pretenden enquistarse para siempre en el poder están preocupados. Con razón. Huelen lo inevitable: su derrota. Que puede ser abrumadora, y presagiar una paliza final, cuando llegue la hora de las elecciones presidenciales.
Ante este panorama electoral, preocupan las maniobras repudiables del Consejo Nacional Electoral, sumiso a los bolivarianos. Porque está impidiendo todo y cualquier tipo de observación electoral para el próximo 6 de diciembre. Salvo el cubano, el del amo.
Mientras tanto, el ente electoral venezolano está “bautizando” a los lugares donde se votará con los nombres de sus “profetas”: Hugo Chávez; Robert Serra; Elena de Chávez; Chávez y Maduro; Batalla Humildad y Paciencia, etc. Otra burla. Obviamente se trata de una política -torpemente engañosa y pícara- para engañar a los distraídos, que presumiblemente serán pocos, muy pocos.
La presunta “revolución” venezolana, que ha servido para crear una nueva casta cívico-militar, corrupta como pocas, está ahora vacía del afecto popular. Sabe a amargura, a derrota, a fracaso. Eso es lo que se concluye de las encuestas que, sin excepción, anticipan una amplia derrota de Nicolás Maduro y los suyos, que, para ellos, puede ser catastrófica.
Si la oposición triunfa, ocurrirá lo que sugieren hoy sus directivos. Esto es, que la Legislatura venezolana dejará de ser un inútil, sumiso y costoso “sello de goma”, para recuperar de pronto su legítimo rol constitucional: el de “un poder fundamental autónomo que debata, que legisle y que controle”. Como corresponde, por cierto. Sería para celebrar inundados de alegría, dentro y fuera de la sufrida Venezuela.
Emilio J. Cárdenas es ex Embajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas.