América, Política

Venezuela: una elección diferente, casi sin reglas

En lo que llaman “Operación Soberanía”, los estudiantes reclaman reglas claras y transparencia para una elección que previsiblemente podría no tenerlas, desde que la justicia electoral, salvo el caso de sólo uno de sus miembros: Vicente Díaz, es claramente adicto y servil a los bolivarianos.

Estamos a menos de dos semanas de que Venezuela tenga, el próximo 14 de abril, sus elecciones presidenciales, imprescindibles luego del fallecimiento de Hugo Chávez. El tránsito hacia las urnas luce como era de esperar: absolutamente patológico. La corta campaña electoral acaba de comenzar.
 
Nicolás Maduro está envuelto en Chávez. Evocándolo a cada paso. Vestido como él. Gesticulando como él. Como si fuera él. Con sus conocidos discursos y actitudes. Como si el hombre cuya sed de poder resultara insaciable, no hubiera muerto. Esto era lo previsible, sin embargo. Si Maduro decidiera actuar como es él mismo, quien sabe lo que sucedería con las elecciones.  
 
Para Maduro, un triunfo del opositor Henrique Capriles sería, dice, un “accidente histórico”. Pese a que hay casi una mitad de Venezuela que lo apoya. Millones de venezolanos, entonces. “Accidente” que -siempre según la Biblia de Maduro- provocaría -en no mas de dos meses- un “alzamiento popular”. A la primera privatización, agrega proféticamente ello sería automáticamente así.
 
Denigrando a sus rivales, como es su costumbre, Maduro describe a la oposición como un conjunto de personas “sin proyecto, sin autoridad, sin liderazgo” y, peor aún, pretendidamente un grupo de hombres y mujeres “sin amor a la patria”. Un discurso insultante, que pronuncia con total descaro, como si no hubiera otra actitud posible.
 
Trastocando la realidad, sostiene que, de triunfar Capriles “la violencia y el narcotráfico se impondrían definitivamente como forma de vida”. Olvida que Venezuela es ya el país más violento de Sudamérica y uno de los más inseguros del mundo. Lejos. Y que varios de sus actuales líderes castrenses están siendo buscados en otros países por sus vinculaciones con el tráfico de drogas. Su “relato” está de espaldas a la realidad. La invierte, más bien. Y no se inmuta un solo instante por la campaña “sucia” que, como es su costumbre, ha puesto en marcha. En ese entorno, Maduro asegura que es posible que Hugo Chávez haya muerto víctima de una “guerra bacteriológica”. Y muchos ignorantes, le creen.
 
Pero una cosa son los dichos y otra, a veces bien distinta, los hechos. Mientras ese es su discurso, Maduro apela simultáneamente al miedo, para debilitar a la oposición. Lo hace llamado a la abstención, generando -con panfletos- dudas acerca de cuan secreto será el voto de los venezolanos.  Y sugiriendo que quien vota por la oposición, perderá el empleo y será perseguido. Como en Cuba. De allí la desconfianza, porque la “neutralidad” del sistema de voto automatizado venezolano no está, para nada, garantizada. Por esto, desde el oficialismo se desliza constantemente una frase intimidatoria: “el gobierno sabe por quien votas, el sistema lo permite”. Y algunos, ante ello, titubean.
 
Mientras tanto, los jóvenes estudiantes universitarios venezolanos, no se dejan engañar y han vuelto a ser protagonistas. En las calles. Con las palmas de sus manos pintadas de blanco, están denunciando ruidosamente la corrupción oficial y han salido a manifestarse sin temor alguno a los golpes que les propinan las patotas oficiales. Para apoyar fervientemente a la oposición unificada. En actitud de desobediencia civil. Como en el 2007, cuando Chávez fuera claramente derrotado en las urnas, rechazándose -con amplio margen- la torcida reforma constitucional que pretendía.
 
¿Podrán los estudiantes incidir nuevamente sobre los resultados? Difícilmente. Las cosas han cambiado y Venezuela es ahora simplemente: un estado policial.
 
Las encuestas sugieren que Nicolás Maduro podría estar por encima del 50% de la intención de voto, mientras Capriles se ubicaría ahora en algún lugar entre el 37 y el 40%.  
 
En lo que llaman “Operación Soberanía”, los estudiantes reclaman reglas claras y transparencia para una elección que previsiblemente podría no tenerlas, desde que la justicia electoral, salvo el caso de sólo uno de sus miembros: Vicente Díaz, es claramente adicto y servil a los bolivarianos. Pero es notorio que el discurso bolivariano no prende entre los jóvenes. Menos aún, entre los universitarios. Y los votantes de menos de 25 años hoy componen nada menos que el 80% del electorado venezolano total. Por esto la importancia de su irreverente resistencia y su potencial impacto.
 
De sus filas salieron Freddy Guevara, Stalin González, David Smolansky y Diego Scharifker, hoy legisladores de su país. También Gaby Arellano y Villca Fernández, la nueva generación de líderes estudiantiles. Todos ellos valientes, como pocos. Convencidos de que es posible ganar, pero que sería milagroso. Y los milagros existen, suponen.
           
A pesar de las promesas de prebendas, repartos de electrónicos, uso y abuso de las cadenas nacionales de radio y televisión, de la inauguración constante -y reiterada- de las mismas obras, con lo que se pretende mantener unidos a los 8 millones votos que Chávez cosechara en la que fuera su última elección, los estudiantes protestan.
 
Los medios oficiales de comunicación (el 80% del total) impulsan, sin parar, a Maduro. Fogoneando su imagen y resaltando sus belicosos dichos. La oposición tiene apenas cuatro minutos diarios disponibles para su publicidad. Nada más. Sólo eso.
 
Debates, ni soñar. Capriles despedazaría -en ellos- a Maduro, sin ninguna duda.
 
De esta manera el “continuismo” está casi asegurado. Pero, por si acaso, no se ha invitado a las tradicionales “misiones de observación” de elecciones de la OEA y de la Unión Europea. Porque ellas podrían mostrar una realidad muy complicada. En cambio, sí a los organismos “leales”, a los “propios”: habrá, por esto, una misión de observación de UNASUR, cuyo parecer y conclusiones pueden anticiparse, sin temor a equivocaciones: “todo estuvo perfecto”.
 

Emilio J. Cárdenas
Ex Embajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas.

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