Política

El sano euroescepticismo

Luis Miguez sostiene que defender los intereses nacionales y no hacer seguidismo del eje franco-alemán no supone, en absoluto, renegar del europeísmo.

FIRMA INVITADA
La primera lección de política europea recibida por el PSOE con el fiasco de la negociación de la reforma de las organizaciones comunes de los mercados del aceite de oliva, el lúpulo, el algodón y el tabaco no parece haber producido efecto en el partido en el poder. En efecto, en la presentación de su plataforma para las elecciones europea de Junio ha reafirmado su “europeísmo” frente al “euroescepticismo” que atribuye al PP y ha prometido devolver a España “al corazón de Europa”.

En la España de 1985, cuando se produjo nuestra adhesión a las Comunidades Europeas, un europeísmo ciego y a toda prueba era hasta cierto punto comprensible por el deseo de que nuestro país fuese acogido en pie de igualdad por las naciones de nuestro entorno, una vez consolidado el proceso democrático que nos equiparaba políticamente a ellas. Era el mismo sentimiento que mueve ahora a las naciones del antiguo bloque soviético a adherirse con entusiasmo al proceso de integración europea articulado a través de la Unión.

Sin embargo, pasados los años, cuando nada nos distingue sustancialmente de las naciones más avanzadas de Europa, mantener esa posición se convierte en algo ridículo y pernicioso para nuestros intereses. El europeísmo degenera en europapanatismo y volver “al corazón de Europa” sólo significa someterse gratuitamente a los intereses del eje franco-alemán, que en ningún caso pueden identificarse con los intereses de Europa.

Que Francia y Alemania sean socios fundadores del proceso de integración europea y le hayan imprimido su sello característico no los convierte en propietarios de la Unión Europea. El eje franco-alemán ha hecho muchas cosas bien y ha llevado el proceso de integración muy lejos, más allá de lo que se hubiera podido imaginar cuando todo empezó en la posguerra, pero también ha cometido errores y, en todo caso, no ha actuado exclusivamente por altruismo europeísta.

Querer corregir algunos de esos errores no es ser escéptico hacia el proceso de integración, es entender de una manera distinta el europeísmo. Hablo, en particular, de la reivindicación de la soberanía de los Estados nacionales como representantes legítimos de los Pueblos de Europa, frente a la tendencia federalizante que pretende incrementar el poder del aparato burocrático comunitario situado en Bruselas, perpetuando el déficit democrático que padece la Unión.

Tampoco constituye escepticismo el defender los intereses nacionales en Bruselas. ¿O es que cuando Francia y Alemania defienden sus intereses son europeístas y cuando lo hacen los demás son euroescépticos? Nadie en su sano juicio afirmaría abiertamente cosa semejante, a pesar de lo cual ése el mensaje que en España se está transmitiendo a la opinión pública estos días para denigrar la política europea de los Gobiernos del PP.

Finalmente, oponerse a que la política exterior y de seguridad común de la Unión Europea sea una simple cobertura del neocolonialismo que practica Francia no sólo no va en contra de que Europa tenga una presencia propia en el mundo, sino que, justo al contrario, es el presupuesto imprescindible para que ello sea posible algún día. Es insostenible que la mayor parte de los países de la Unión individualmente considerados mantengan una estrecha relación de alianza y amistad con los Estados Unidos, que se podría redefinir a escala europea sobre una base más igualitaria, y, en cambio, como conjunto se vean a representar el papel de contrapotencia de papel, al servicio los trasnochados delirios de grandeza franceses.

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