Para Luis Miguez, el reconocimiento de la herencia cristiana de Europa es una piedra de toque para comprobar el grado de realidad del proyecto de integración europea.
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Martes, 21 de julio 2026
Para Luis Miguez, el reconocimiento de la herencia cristiana de Europa es una piedra de toque para comprobar el grado de realidad del proyecto de integración europea.
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En cumplimiento de sus promesas electorales, el nuevo gobierno socialista está
ejecutando una política exterior de signo contrario a la del último mandato del
PP. Objetivamente, no cabe duda de que esto es perjudicial para los intereses
exteriores de España, que demandarían un consenso en materia de política
internacional que mantuviese una línea constante y claramente perceptible fuera
cual fuera el signo del gobierno. No obstante, en democracia cada partido
político ha de poder llevar a la práctica su programa, dentro de los límites que
marca la Constitución, como en su día hizo el PP con el llamado “giro
atlantista” de nuestra política exterior.
Una de las manifestaciones del
cambio de rumbo de la política exterior española es la renuncia de nuestro país,
hecha pública recientemente por el Ministro de Asuntos Exteriores, a defender
que en el Preámbulo del nuevo Tratado de la Unión Europea se mencionen las
raíces cristianas de Europa. Ahora bien, que el gobierno tenga toda la
legitimidad para adoptar este cambio de posición no significa que no pueda ser
criticado.
Desde mi punto de vista, la cuestión del reconocimiento o no
de la herencia cristiana de Europa en el nuevo Tratado de la Unión no es
simplemente el reverdecer de la vieja lucha entre confesionalidad y laicismo
anticlerical, sino una verdadera piedra de toque para comprobar el grado de
realidad o irrealidad del proyecto de integración europea. Porque, en efecto,
pretender cerrar los ojos al peso que el cristianismo ha tenido en el proceso
histórico de configuración de Europa equivale a negar la evidencia.
La
nueva fase del proceso de integración corre así el riesgo de iniciarse con una
mentira por omisión que hace tabla rasa del pasado de nuestro continente y que
anuncia para el presente y el futuro la voluntad del poder civil de dejar de
inspirarse en los principios y valores cristianos que han conformado la
Civilización europea. Esto es el reflejo de la descristianización cada vez más
acentuada de las legislaciones de los Estados miembros.
La cuestión es si
una Europa unida que pretende ser algo más que un club de mercaderes puede
prescindir de su pasado y de unos principios y valores que guíen su destino
colectivo. Es inútil hacerse ilusiones a este respecto: los principios y valores
que en la Civilización occidental consideramos “laicos” no son más que una
secularización de los cristianos. Si se corta toda relación con éstos, aquéllos
no podrán subsistir por sí mismos.
En consecuencia, un nuevo Tratado de
la Unión Europea que tergiverse conscientemente la historia de Europa y la
filiación de nuestra Civilización como forma de borrar del mapa de las ideas los
principios y valores cristianos nacerá muerto, sin alma. No es difícil predecir
cómo se pagará ese nihilismo: Europa nunca se consolidará como potencia
mundial.
El debate sobre la mención de las raíces cristianas de Europea
en el Preámbulo del nuevo Tratado de la Unión debe seguir. Aún estamos a tiempo
de evitar un grave error que amenaza con añadir un lastre más a un proceso de
integración que, a pesar de sus innegables logros, tiene todavía demasiados
puntos insatisfactorios.
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