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Que significan las “dudas” argentinas respecto de Nicaragua

Nicaragua es hoy, para la revista especializada “Forbes”, el segundo país más pobre del hemisferio occidental.

La “política exterior” de “los dos Fernández”, esto es de nuestros actuales peculiares gobernantes nacionales, es muy desordenada y, con alguna frecuencia, hasta contradictoria. Tan es así, que cabe ciertamente preguntarse si nuestro país puede, o no, seguir siendo incluido en el grupo que contiene a las naciones que pertenecen a Occidente. Lo que, obviamente, no es poca cosa.

En una reciente encuesta de la Universidad de San Andrés, todos los funcionarios del actual “gobierno” que encabeza el poco idóneo Alberto Fernández “desaprobaron”, lo que debe ser un triste record mundial. Un buen ejemplo de lo antedicho, en el capítulo de la política exterior, es el que tiene que ver con la actual relación argentina con “la Nicaragua de Daniel Ortega” y de su poderosa esposa y vice-presidente del país: Rosario Murillo.

Desde hace cuatro décadas, Ortega está instalado en el timón de Nicaragua. Aferrado a él. Atornillado. Con cuatro mandatos presidenciales seguidos en su haber, es hoy el gobernante que más tiempo ha estado en el poder, en toda América Latina. Ha envejecido y ello se nota ahora bastante ostensiblemente. Su actuar público está ya signado por una suerte de “fragilidad”, muy propia de la vejez.

De origen humilde, desde que su padre fuera un ignoto zapatero, de joven Ortega ingresó en el Sandinismo, entonces un movimiento claramente de izquierda. Luchó allí contra la infame dictadura de Anastasio Somoza. Para ello -y por ello- abandonó, en 1960, sus tempranos estudios de derecho. De pronto participó en un asalto a uno de los principales bancos norteamericanos de su país ( Bank of América ) y fue apresado y torturado en la cárcel, en la que pasó nada menos que siete duros años. Liberado en 1974, en un intercambio de prisioneros, decidió ir a vivir a Cuba, donde se especializó en “guerra de guerrilla”, cuando el ya fallecido dictador Fidel Castro exportaba constantemente -y con muy poco disimulo- violencia por toda la región.

En 1990 fue derrotado electoralmente por la liberal Violeta Chamorro, que, créase o no, en algún momento comulgara políticamente con Daniel Ortega. Las acusaciones de corrupción que se acumularon en su contra terminaron con sus derrotas electorales de 1995 y 2001. Desde entonces las sombras de corrupción han flotado insistentemente sobre sus hombros y no han podido, nunca, ser despejadas. Tampoco hoy.

Su hija Zoilamérica Narváez lo acusó, vergonzosamente, de haberla violado reiteradamente. Pero el respectivo proceso judicial se desvaneció, sin resultados materiales adversos para Ortega, que negó de plano las acusaciones acumuladas en su contra. El horrendo escándalo consiguiente, no obstante, lastimó su imagen, para siempre. No podía haber sido distinto, por lo repulsivo de las acusaciones. Rosario Murillo estuvo, sin embargo, a su lado. Siempre.

Nicaragua es hoy, para la revista especializada “Forbes”, el segundo país más pobre del hemisferio occidental. Hoy Daniel Ortega, sorpresivamente se declara “seguidor de Jesucristo y, por ello, se opone tenazmente al aborto, sin excepciones de ninguna índole. Mediante un grotesco fallo de la Corte Suprema local, que le es absolutamente “leal”, Ortega puede eternizarse para siempre en lo más alto del poder de su país. Cual monarca, de muy mal aspecto, ciertamente. Su mujer, Rosario Murillo, es parte del actual binomio presidencial y, para muchos, es quién realmente “maneja” a Nicaragua, a su gusto y paladar. Ella ama enfermizamente hablar, sin parar, por televisión. De lo que sea. Cual insoportable “maestra ciruela”.

En el 2018, Daniel Ortega enfrentó duras protestas callejeras que explotaran repentinamente en su contra, las que, reprimidas a palos, dejaron un saldo de varios centenares de muertos. Para el patológico Daniel Ortega, la enorme pobreza que existe en su país es hija de los “malos espíritus”, contra los que, dice, debe luchar. No es, en consecuencia, producto de sus desastrosas gestiones. Increíble.

Pese a toda lo antedicho, nuestro gobierno mantiene una postura poco clara, por ambivalente, respecto del gobierno del matrimonio Ortega, en Nicaragua. Lo que es lamentable, por donde se lo mire.

(*) Ex Embajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas.

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