Política

¿Tropas a Haití y Afganistán?

Luis Miguez subraya en este artículo las aparentes contradicciones en que se incurre al retirar tropas de Iraq y, a la vez, potenciar su presencia en otros escenarios.

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La posibilidad de que el nuevo Gobierno socialista decida el envío de tropas a Haití, además de aumentar nuestro contingente ya presente en Afganistán, reabre el debate sobre la retirada de Iraq. Porque, en efecto, no parece muy legítimo explicar esa retirada con argumentos que, a la postre, no son otra cosa que halagos a los instintos naturalmente pacifistas de la población, para después incrementar la presencia militar española en escenarios no sólo igual de conflictivos, sino tan o más dudosos que Iraq desde el punto de vista del moral y jurídico.

El caso de Afganistán es paradigmático. Resulta difícil distinguir entre la supuesta falta de justificación de la presencia de los Estados y Unidos y sus aliados en Iraq y lo que sucede en Afganistán. Como tantas veces ocurre en los asuntos de la política internacional, la diferencia entre ambos casos no se halla en circunstancias objetivas, sino en la muy diversa manipulación que las grandes potencias mundiales han hecho de ellos.

Evidentemente, en Afganistán no existían los mismos intereses creados que en Iraq y, por eso, ciertas potencias tampoco mostraron las mismas resistencias a la intervención norteamericana. De ahí que la enérgica reacción de los pacifistas contra la invasión de Iraq, que no se dio ni de lejos frente a la intervención en Afganistán, no se pueda valorar más que como un lamentable caso de hipocresía y manipulación, no obstante las buenas intenciones que pudieran animar a muchos de los participantes en las protestas y que, en cualquier caso, no disculpan los actos de violencia física y verbal cometidos.

Es más, no es la primera vez que se pone de relieve que resulta incongruente interpretar los atentados del 11 de Marzo, según se ha pretendido hacer de manera interesada, como un castigo de Al Qaida por la presencia española en Iraq, cuando es Afganistán donde esa organización terrorista tenía y puede que siga teniendo sus bases. Así nos acabamos encontrando con que, por huir de la participación en una guerra “ilegal e inmoral” que supuestamente atrajo sobre nosotros la ira de Ben Laden, vamos a acabar más implicados de lo que ya estábamos en otra guerra similar y, encima, en la tierra de adopción, esta vez sí, del propio Ben Laden.

No menos discutible es el posible envío de tropas a Haití. Los sucesos que acabaron con el exilio del presidente democráticamente elegido Jean-Bertrand Aristide siguen siendo muy oscuros y no constituyen el mejor precedente para implicarse en los asuntos del país caribeño. La inestabilidad crónica de Haití, la soterrada lucha entre los Estados Unidos, como potencia continental hegemónica, y Francia, como antigua metrópoli, por la tutela del país, la participación de organizaciones criminales dedicada al narcotráfico, son elementos que hacen cuando menos dudosos los fines y propósitos de la presencia internacional en ese escenario.

En definitiva, es imposible afirmar que España vaya a Haití a defender la democracia, ya que Aristide, por muy corrupto y autoritario que se estuviese volviendo, era el presidente democrático del país y ha sido sustituido por una persona designada de una forma totalmente anticonstitucional. Ir a un país sumido en la violencia y la miseria a hacer el papel de policía en el peor sentido del término, sin objetivos, sin un plan de reconstrucción y democratización de país (que sí existe el caso de Iraq, paradójicamente), no responde a ningún interés imaginable de la política exterior española y por tanto debe rechazarse.

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